Por Enrique Monroy.
Me encontraba sentado en el sillón de la sala, había terminado con una paleta de hielo y la envoltura se encontraba en la mesita donde vasos con Coca Cola y una bolsa de Ruffles aguardaban (como yo) el final del partido en Argentina. El equipo pampero nos había acechado durante todo el segundo tiempo, pero nosotros les habíamos hecho (demasiado, aunque si efectos finales) daño durante el primero por la buena estrategia de Omar Romano. Hasta el minuto ochenta había sido un juego parejo. Una jornada para cada quién. Pudieron haber sido dos goles o más nuestra ventaja al finalizar el primer round, pero el hubiera no existe y el que pega y deja vivir es susceptible a la derrota, como muchos tantos boxeadores y mafiosos en la orbe. Y así fue como llegó un final anunciado, esa historia que se repite sin gracia, pero con razón. Es simple, pega y salté, retrocede. La cuestión en el fútbol, como en el boxeo, debería ser esta: pega y salté, retrocede, mide, vuelve a pegar y retrocede, vuelve a medir, juega con las piernas, utiliza todo el cuadrilátero, y cuando tengas oportunidad de noquear, no lo dudes, sigue pegando hasta terminar con el púgil que tienes frente a ti. Pero todo eso no aplica en nuestro fútbol. Aquí es pega y corre. El problema es que si te alcanzan, ya te jodiste. Eso pasó aquella tarde en el Monumental ante un River que ya no espanta, que con un hombre llamado Abreu (que no hace otra cosa que centrar hacia el piso para colocar el balón al dentro del área), un extinto “Burro” Ortega (que no había metido un gol que no fuese pena máxima hacia mucho tiempo) y un Falcao con chispazos, nos derrotó. Pero no se puede quejar uno, porque nuestros boxeadores están peor. Que decir de un Kevin Rojas, un “niño” que cada día comenté más errores inocentes (como no soy su padre para decirle que no pienso volver a verlo en la casa porque él es un profesional y juega como amateur, peor que eso), o un Germán Villa, un capitán con todo el porte de un mediocre; un Nuñez decadente, que camina en el partido con esa mirada de perdedor, de “no quiero hacer nada más que cobrar”; y así podemos continuar con una lista de personas grises que portan una camiseta brillante. Solo “Nava” sabe su papel y hasta con descaro nos ha hecho olvidar a “Memo” Ochoa. Pero hablamos de solo un púgil entre tantos. Un guerrero entre miles. Así queridos, no se gana nunca una batalla, muchos menos una guerra.
Y llega entonces ese gol asesino, al 93′. Azoté el palito de madera de la paleta de fresa con chocolate y recordé aquella final de la Copa Sudamericana, sí, con otro equipo argentino que no asustaba (Arsenal, vaya a saber de donde es), y que solo su corazón desesperado (como el rostro del “Cholo” Simeone la noche pasada) les hizo anortar un tanto, el de la victoria, con una complicidad crema que, se repitió esta vez en el Monumental. Aquella vez fue un Davino, quien miraba la ráfaga que terminaría fulminando a Ochoa, y ahora Villa, quién no fue capaz de saca un balón sencillo, y también, solo le quedó admirar como un jugador alicaído, pintado con una raya roja diagonal que cruzaba su tronco, anotaba un gol miserable, casi de gracia. Una vez más fuimos derrotados por nuestros “boxeadores” más experimentados. Miré el televisor, cerré mi chamarra en azul con amarillo y con ese escudo hermoso a un costado de mi corazón y me retiré del cuarto para tratar de olvidar mi coraje entre el inmenso mar de la red virtual.
Escrito por Enrique Monroy

Escrito por Enrique Monroy
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